Nana
Nana Prullière se había acercado a la chimenea, frente a la consola, en la que encendieron carbón de coque; otros dos mecheros de gas tenían mucha llama. Levantó la vista, miró el reloj y el barómetro, a izquierda y derecha, que sostenían dos esfinges doradas de estilo imperio. Luego se repantigó en un amplio sillón cuyo verde terciopelo, gastado por cuatro generaciones de comediantes, amarilleaba, y allí siguió, quieto y sin mirar a ningún sitio, en la actitud indolente y resignada de los artistas habituados a esperar el momento de salir a escena.
El viejo Bosc también hizo su aparición, arrastrando los pies, tosiendo y envuelto en un viejo carrik amarillo, uno de cuyos faldones, al echárselo a un hombro, dejaba al descubierto la casaca bordada en oro del rey Dagoberto. Poco después de dejar su corona sobre el piano, sin decir nada se paseó con una expresión bondadosa, pero temblándole las manos por un principio de alcoholismo mientras su larga barba blanca daba un aspecto venerable a su cara de borracho.
Luego, cuando en medio del silencio un chaparrón azotó los cristales del ventanal que daba al patio, hizo un gesto de desagrado.
—¡Qué tiempo más cochino! —gruñó.