Nana
Nana Nana, olvidada de que estaba en pantalón y con un cabo de la camisa fuera, representaba a la gran señora, la reina Venus, abriendo sus saloncitos a los personajes del Estado. A cada frase soltaba las palabras Alteza Real, hacía convencidas reverencias y trataba a los disfrazados Bosc y Prullière como soberano cuyos ministros le acompañaban. Y nadie se reía de aquella extraña mezcla, de aquel verdadero príncipe, heredero de un trono, que se bebía el champaña de un comiquillo, muy a gusto en aquel carnaval de dioses, en aquella mascarada de realeza, en medio de un mundo de camareras y de prostitutas, de farsantes de teatro y de exhibidores de mujeres. Bordenave, entusiasmado por la puesta en escena, soñaba con las entradas que vendería si Su Alteza consintiera en aparecer de aquella manera en el segundo acto de La Venus Rubia.
—A ver —gritó en tono familiar—. Voy a hacer que bajen mis mujercitas.
Nana no quiso, pero perdía el dominio de sí misma. Fontan la atraía con su grotesca máscara. Se rozaba con él y lo envolvía en una mirada de mujer embarazada que tenía el capricho de comer algo vulgar de repente lo tuteó:
—¡Vamos, sirve, animal!
Fontan volvió a llenar las copas, y se bebió repitiendo los mismos brindis.
—¡Por Su Alteza!