Nana
Nana El príncipe sonrió, encontrando aquello encantador. No obstante, el camerino resultaba pequeño para tanta gente. Fue preciso amontonarse; Satin y la señora Jules en el fondo, contra la cortina, y los hombres apretados en torno a Nana, medio desnuda. Los tres actores aún llevaban sus trajes del segundo acto, y mientras Prullière se quitaba su sombrero de almirante suizo, cuya gran pluma no hubiera cabido bajo el techo, Bosc, con su casaca púrpura y su corona de hojalata, se afirmaba sobre sus piernas de borracho y saludaba al príncipe, como un monarca que recibe al hijo de un poderoso vecino. Las copas estaban llenas, y se brindó.
—Brindo por Vuestra Alteza —dijo majestuosamente el viejo Bosc.
—¡Por el ejército! —añadió Prullière.
—¡Por Venus! —gritó Fontan.
Complaciente, el príncipe balanceaba su copa. Esperó, saludó tres veces y murmuró:
—Señora… almirante… caballero…
Y bebió de un trago. El conde Muffat y el marqués de Chouard le imitaron. Allí no se bromeaba; era como en la corte. Aquel mundo de teatro prolongaba el mundo real, en una farsa seria, bajo el vaho ardiente del gas.