Nana

Nana

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—No —dijo Nana después de un rápido cambio de palabras—. Ahora no.

La vieja señora se quedó seria. Prullière, al pasar, le dio un apretón de manos. Dos figurantas la contemplaban con emoción. Ella, por un momento, se quedó indecisa. Luego llamó a Simonne con un gesto, y el cambio rápido de palabras volvió a empezar.

—Sí —dijo al fin Simonne—. Dentro de media hora.

Pero cuando subía a su camerino, la señora Bron, que nuevamente se paseaba con cartas, le entregó una. Bordenave, bajando la voz, reprochó iracundo a la portera el haber permitido que pasase la Tricon. ¡Aquella mujer! ¡Y precisamente aquella noche! Le indignaba a causa de Su Alteza. La señora Bron, después de treinta años en el teatro, respondió en tono agrio. ¿Acaso lo sabía? La Tricon hacía negocios con todas aquellas mujeres; el señor director la había encontrado más de veinte veces sin decirle nada. Y mientras Bordenave mascullaba palabrotas, la Tricon, tranquila, observaba al príncipe, como mujer que mide a un hombre de una ojeada. Una sonrisa iluminó su rostro amarillo. Luego se marchó, con paso lento, por entre las figurantas respetuosas.

—En seguida, ¿no es así? —dijo volviéndose hacia Simonne.


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