Nana
Nana Simonne parecía muy fastidiada. La carta era de un joven al que le había prometido aquella noche. Entregó a la señora Bron un papel en el que garrapateó «No es posible esta noche, querido; estoy comprometida». Pero se quedó inquieta; de cualquier modo aquel joven esperaría. Como no actuaba en el tercer acto, quería marcharse inmediatamente. Entonces rogó a Clarisse que fuese a ver, pues no salía a escena hasta el final del acto. Descendió mientras Simonne subía un momento a su camerino, que era el de las dos.
Abajo, en la cantina de la señora Bron, un figurante encargado del papel de Plutón bebía solo, envuelto en un gran manto rojo con franjas doradas. El pequeño negocio de la portera debió ser bueno, porque en el suelo de la bodega, debajo de la escalera, brillaba el líquido de los vasos derramados. Clarisse recogió su túnica de Isis para no arrastrarla por los peldaños grasientos, pero se detuvo prudentemente y se limitó a asomar la cabeza por detrás de la escalera para echar una ojeada al cuartucho. Y estuvo a punto de desplomarse. Aún seguía allí el idiota de Héctor, en la misma silla, entre la mesa y la estufa. Delante de Simonne había demostrado que iba a marcharse, pero luego regresó. Además, la portería continuaba llena de señores enguantados, correctos, con gesto sumiso y paciente. Todos esperaban, mirándose con gravedad.