Nana
Nana En la mesa no quedaban más que los platos sucios, y la señora Bron acababa de repartir los últimos ramos de flores. Sólo una rosa que había caído al suelo se marchitaba junto a la gata negra, apelotonada en un rincón mientras los gatitos corrían y saltaban por entre las piernas de los señores. Clarisse estuvo por echar fuera a Héctor, pues a ese cretino no le gustaban los animales, lo único que le faltaba. Se encogía a causa de la gata, para no tocarla.
—Mira que te va a arañar no te fíes —le dijo Plutón, un bromista que volvía arriba secándose los labios con el revés de la mano.
Entonces Clarisse abandonó la idea de hacerle una escena a Héctor de la Faloise. Había visto cómo la señora Bron entregaba la carta al joven de Simonne, y éste fue a leerla bajo el mechero de gas del vestíbulo. «No es posible esta noche, querido; estoy comprometida.» Y apaciblemente, acostumbrado sin duda, había desaparecido. Por lo menos había uno que sabía comportarse. Ése no era como los demás, que se obstinaban en seguir sentados en las sillas de paja de la señora Bron, en aquella gran linterna de cristales, donde se cocían y no se pasaba nada bien. ¡Tenían que estar muy interesados los hombres! Clarisse regresó disgustada, atravesó el escenario y subió despacio los tres pisos de la escalera de los camerinos para dar una respuesta a Simonne.