Nana
Nana Entre bastidores, un poco apartado, el príncipe hablaba con Nana. No la había abandonado y la envolvía con sus ojos entornados. Nana, sin mirarle, sonreía y decía sí con un movimiento de cabeza. Pero, bruscamente, el conde Muffat obedeció a una llamada interior, y abandonó a Bordenave, que le daba detalles acerca de la maniobra de las cabrías y los tambores, y se acercó a ellos para cortar la conversación. Nana levantó la mirada y le sonrió como sonreía a Su Alteza. No obstante, continuaba con el oído atento, en espera de su réplica.
—El tercer acto es el más corto, me parece —decía el príncipe, molesto por la presencia del conde.
Nana no respondió y cambió de expresión, entregada de repente a su trabajo. Con un rápido movimiento de hombros se desprendió de sus pieles, que la señora Jules, de pie a su lado, recibió en sus brazos. Y desnuda, después de haberse llevado las manos a la cabellera, como para sujetarla, entró en escena.
—¡Silencio, silencio! —gruñó Bordenave.