Nana

Nana

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El conde y el príncipe se quedaron sorprendidos. En medio de un gran silencio, se elevó un suspiro profundo, un lejano rumor de muchedumbre. Todas las noches se producía el mismo efecto a la entrada de Venus, en su desnudez de diosa. Entonces Muffat quiso ver, y aplicó el ojo a un agujero. Más allá del arco de círculo deslumbrador de las candilejas, la sala aparecía oscura, como repleta de una humareda rosácea, y sobre este fondo neutro, donde las filas de rostros ofrecían una confusa palidez, Nana se le destacaba en blanco, alta, ocultándole las localidades, desde el palco hasta la bóveda. La percibía de espaldas, los riñones tensos y los brazos abiertos, mientras en el suelo, a ras de sus pies, la cabeza del apuntador, una cabeza de vejete, parecía como cortada, con aspecto humilde y honesto.










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