Nana

Nana

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En ciertas frases de su romanza de entrada, unas ondulaciones parecieron surgir de su cuello, descender hasta su talle y expirar en el borde arrastrado de su túnica. Cuando lanzó la última nota en medio de una tempestad de bravos, saludó, las gasas flotando, la cabellera rozándole los riñones, con una flexión de espinazo. Y viéndola así, inclinada y destacándose las caderas, retrocediendo hacia el agujero por el que él miraba, el conde se incorporó, repentinamente pálido. Ahora había desaparecido el escenario y ya no veía más que el reverso del decorado, el abigarramiento de viejos carteles, pegados en todos los sentidos. En el practicable, entre los rastrillos de gas, todo el Olimpo se había unido a la señora Drouard, que aún dormitaba. Esperaban el final del acto, Bosc y Fontan, sentados en el suelo y la barbilla sobre las rodillas; Prullière, estirándose y bostezando antes de salir a escena, todos fatigados, con los ojos enrojecidos y deseando irse a dormir.

En aquel momento, Fauchery, que rondaba por el lado del jardín desde que Bordenave le prohibió el lado del patio, se colgó del conde para darse cierta importancia, y se ofreció a enseñarle los camerinos. Muffat, a quien una creciente molicie dejaba sin voluntad, acabó por seguir al periodista, después de buscar con la mirada al marqués de Chouard, que no estaba allí. Sentía a la vez un alivio y una inquietud al abandonar aquellos bastidores, desde los que oía cantar a Nana.


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