Nana
Nana Fauchery le precedía en la escalera, que en el primer y en el segundo piso cerraban unos biombos de madera. Era una de esas escaleras de casa lóbrega, como las vistas por el conde Muffat en sus giras como miembro del Comité de Beneficencia, desnuda y deteriorada, pintarrajeada de amarillo, con los escalones desgastados por el continuo roce de los pies, y con una barandilla de hierro que el frotamiento de manos había pulido.
En cada descansillo, a ras del suelo, una ventana baja ofrecía el hueco de un tragaluz. En las lámparas adosadas a las paredes ardían luces de gas, iluminando crudamente aquella miseria, despidiendo un calor que ascendía y se amontonaba bajo la estrecha espiral de los pisos.