Nana
Nana —Sabe, soy propietaria… SÃ, compré una casa en el campo, cerca de Orleáns, en una región a la que usted va alguna vez. Bebé me lo dijo, el pequeño Georges Hugon; ¿lo conoce? Venga a verme allá.
El conde, aterrado por su brutalidad de hombre tÃmido, avergonzado por lo que habÃa hecho, la saludó ceremonioso, prometiéndole corresponder a su invitación. Luego se alejó, andando como en un sueño.
Se reunÃa con el prÃncipe cuando, al pasar por delante del saloncito, oyó gritar a Satin:
—¡Vaya un viejo sucio! ¡Déjeme en paz!
Era el marqués de Chouard, que asediaba a Satin, y ella estaba harta de todo aquel mundo elegante. Nana la habÃa presentado a Bordenave, pero la habÃa aburrido mucho tener que estar con la boca cerrada, por miedo a soltar alguna burrada, y ahora querÃa desquitarse del mal rato, sobre todo porque entre bastidores habÃa tropezado con un antiguo amante suyo, el figurante encargado del papel de Plutón, un pastelero que ya le habÃa dado una semana de amor y de bofetadas. Le esperaba, irritada de que el marqués la tratase como a una de aquellas mujeres de teatro. AsÃ, pues, acabó mostrándose muy digna y soltó esta frase:
—Mi marido va a venir, y usted verá.