Nana

Nana

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Era el final, el telón acababa de caer. Había un verdadero galope por la escalera, cuyo hueco se llenaba de exclamaciones, de una prisa brutal por vestirse y marcharse. Cuando el conde Muffat llegaba al último peldaño, vio a Nana y al príncipe, que avanzaban despacio por el pasillo. La mujer se detuvo y luego, sonriendo y bajando la voz, dijo:

—De acuerdo. Hasta luego.

El príncipe volvió al escenario, donde Bordenave le esperaba. Entonces, solo con Nana, y cediendo a un impulso de cólera y deseo, Muffat corrió tras ella, y en el momento en que entraba en su camerino le estampó un rudo beso en la nuca, en los rizos que le caían sobre los hombros.

Era como el beso recibido arriba, que devolvía allí. Nana furiosa, ya levantaba la mano, pero reconoció al conde y sonrió.

—¡Oh! Me ha asustado —dijo sencillamente.

Y su sonrisa era adorable, confusa y sumisa, como si hubiese desesperado de aquel beso y se felicitase por recibirlo. Pero ella estaba comprometida para aquella noche y para el día siguiente. Había que esperar. Si hubiese podido, se habría hecho desear. Su mirada decía tantas cosas… En fin, ella añadió:


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