Nana
Nana —Esto no es por usted, sino por Fauchery, que me fastidia.
Y se escapó. El conde permaneció cohibido en presencia de su suegro. Una oleada de sangre le subió al rostro. No había sentido en el camerino de Nana, en medio de aquel lujo de afeitines y espejos, la acre excitación de la miseria vergonzosa de aquel cuchitril, presidido por el abandono de dos mujeres. Mientras, el marqués acabó por salir detrás de Simonne, hablándole al oído y ella negando con la cabeza. Fauchery les seguía riéndose. Entonces el conde se vio solo con la camarera, que limpiaba las palanganas. Y se marchó, bajando por la escalera, las piernas flojas, y nuevamente viendo ante sí a las mujeres en enaguas, quienes pegaban un portazo al verle. Pero en medio de aquella desbandada de muchachas sueltas a través de los cuatro pisos, sólo percibió claramente un gato, el gordo gato rojo, que, en aquella hornaza envenenada de almizcle, escapaba a lo largo de los peldaños, frotándose contra los barrotes de la barandilla, con la cola levantada.
—¡Por fin! —exclamó una voz enronquecida de mujer—. Creí que nos harían pasar aquí toda la noche. ¡Qué cargantes con sus aplausos!