Nana
Nana Muffat terminó por entrar, pero se quedó sorprendido al encontrar al marqués de Chouard instalado entre los dos tocadores, en una silla. El marqués se había retirado allí y apartaba los pies, porque de un cubo agujereado salía una agua blancuzca. Se le notaba muy a su gusto, como conocedor de ciertos buenos sitios, remozado en aquella sofocación de bañera, en aquel tranquilo impudor de mujer, que aquel rincón de suciedad hacía natural y aceptable.
—¿Es que te vas con el viejo? —preguntó Simonne al oído de Clarisse.
—Muchas veces —le respondió Clarisse en voz alta.
La camarera, una jovencita muy fea y muy familiar, que ayudaba a Simonne a ponerse su abrigo, se moría de risa. Las tres se empujaban, balbuceando palabras que aumentaban su hilaridad.
—Vamos, Clarisse, besa al señor —repetía Fauchery—. Ya sabes que tiene cartera.
Y volviéndose hacia el conde, le dijo:
—Ya verá; es muy amable y quiere besarle.
Pero Clarisse estaba harta de hombres. Habló violentamente de los cochinos que esperaban abajo, en la portería. Por otra parte, tenía prisa en salir, pues de lo contrario faltaría a la última escena. Luego, como Fauchery le cerraba el paso, besó las patillas de Muffat, diciéndole: