Nana
Nana Se hallaba en el fondo del pasillo, en el camerino de Clarisse y de Simonne, una pieza larga bajo el tejado con paneles cortados y paredes en escuadra. La claridad entraba por arriba, a través de dos anchas aberturas. Pero en aquella hora de la noche sólo las llamas de gas iluminaban la estancia empapelada a lo barato; un papel con flores rosa sobre un emparrado verde. Dos tablas, una al lado de la otra, hacían de tocador dos tablas forradas de tela encerada y ennegrecida por el agua derramada y bajo las cuales se amontonaban tarros de cinc abollados, cubos llenos de lavazas y cántaros de barro amarillento. Allí había un puesto de artículos de bazar, retorcidos, sucios por el uso, palanganas desportilladas y peines desdentados, todo lo que la prisa y la desidia de dos mujeres que se lavan y desnudas en común dejan alrededor suyo de desorden en un lugar que utilizan de paso y cuya suciedad no les importa.
—Venga ya —repitió Fauchery, con esa camaradería que adoptan los hombres entre las mujerzuelas—. Clarisse quiere saludarle.