Nana
Nana En el tercer piso, Muffat se abandonó a la embriaguez que le invadía. El camerino de las figurantas estaba allí; veinte mujeres amontonadas, una desbandada de jabones y de botellas de agua de lavanda, la sala común de una casa de arrabal. Al pasar, oyó detrás de una puerta un lavatorio feroz, una tempestad en una palangana. Y subía al último piso cuando tuvo la curiosidad de aventurar una última mirada por una puerta entreabierta: la estancia estaba vacía y no había, bajo la llama del gas, más que un orinal olvidado en medio de un desorden de faldas tiradas por el suelo. Esta pieza fue la última visión que se llevó.
Arriba, en el cuarto piso, se ahogaba. Todos los olores y todas las llamas convergían allí; el techo amarillo parecía tostado, un farol ardía entre una neblina rosácea. Por un momento se agarró a la barandilla de hierro, que encontró tibia, con una tibieza viva, y cerró los ojos, absorbiendo en una aspiración el sexo de la mujer, que él aún ignoraba y le abofeteaba en la cara.
—Venga ya —gritó Fauchery, desaparecido desde hacía un instante—. Le llaman.