Nana

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Fauchery llamó al conde, y éste llegaba al segundo piso en el instante que salía un vocablo soez del pasillo de la derecha. Mathilde, un pingajo de ingenua, acababa de romper su palangana, cuya agua jabonosa se escurría hasta el descansillo. Un camerino se cerró violentamente; dos mujeres en corsé cruzaron de un salto, y otra, con la punta de la camisa entre los dientes, apareció y desapareció. Luego hubo risas, una discusión, una canción empezada e inmediatamente interrumpida. A lo largo del pasillo, por las aberturas, se percibían carnes desnudas, blancuras de piel y palideces de lencería; dos muchachas, muy divertidas, se mostraban mutuamente sus lunares; una, muy joven, casi una niña, se había levantado las faldas por encima de las rodillas y se cosía el pantalón, mientras que las camareras, al ver a los dos hombres, corrían ligeramente las cortinas, por decencia. Era el atropello del final, el gran lavatorio del blanco y del colorete, el traje de calle vuelto a vestir en medio de una nube de polvos de arroz, un aumento de olor humano arrojado por las puertas batientes.






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