Nana
Nana Bordenave, para evitar a Su Alteza el rodeo del pasaje de Panoramas, acababa de ordenar que abriesen el pasillo que comunicaba el cuarto de la portería con el vestíbulo del teatro. Y a lo largo de este pasillo hubo un «sálvese quien pueda» de mujercitas felices por huir de los hombres que las acechaban en el pasaje. Se empujaban unas a otras, se daban codazos, miraban atrás y sólo respiraban cuando estaban fuera y, mientras, Fontan, Bosc y Prullière se retiraban lentamente, mofándose de los protectores serios que se paseaban por la galería del Varietés en el momento en que sus protegidas desfilaban por el bulevar con el amante que ellas querían. Pero la más maligna fue Clarisse. Desconfiaba de Héctor de la Faloise, y en efecto, él aún seguía allí, en la portería, en compañía de unos tozudos señores que se aferraban a las sillas de la señora Bron. Todos alargaban la nariz. Ella pasó muy seria detrás de una amiga. Los señores aguzaban la mirada, aturdidos por aquella oleada de faldas arremolinadas al pie de la estrecha escalera, desesperados por esperar tanto tiempo, para verlas al fin y no reconocer a ninguna.
La cría de gatitos negros dormía sobre el hule, apelotonada junto al vientre de su madre, feliz y con las patas estiradas, mientras que el gordo gato rojo, sentado al otro lado de la mesa y con el rabo extendido, contemplaba con sus ojos amarillos cómo se marchaban las mujeres.