Nana
Nana —Si Su Alteza se digna pasar por aquà —dijo Bordenave al pie de la escalera e indicando el corredor.
Algunas figurantas se empujaban todavĂa. El prĂncipe seguĂa a Nana. Detrás de ellos iban Muffat y el marquĂ©s. El pasadizo era un largo hueco abierto entre el teatro y la casa vecina, una especie de callejuela estrangulada que habĂan cubierto con una techumbre en pendiente y con vidrieras. La humedad rezumaba por las paredes. Los pasos resonaron en el pavimento enlosado lo mismo que en un subterráneo. AllĂ habĂa como un amontonamiento de desván, un banco sobre el cual el portero cepillaba los decorados, un apiñamiento de vallas de madera que se colocaban por la tarde a la entrada del teatro para mantener la cola.
Nana tuvo que recogerse la falda al pasar por delante de una fuente, cuyo grifo mal cerrado inundaba el suelo. En el vestĂbulo se despidieron. Y cuando se quedĂł solo, Bordenave resumiĂł su juicio acerca del prĂncipe con un encogimiento de hombros en el que habĂa una desdeñosa filosofĂa.
—A pesar de todo, tiene olfato —dijo sin explicar más a Fauchery, a quien Rose Mignon llevaba con su marido, para reconciliarlos en su casa.