Nana
Nana Por la tarde sintió cierta inquietud. Georges, que inmediatamente de dejar la mesa se había quejado de pesadez de cabeza, se dolió después de una jaqueca atroz. Hacia las cuatro quiso subir a acostarse, porque era el mejor remedio; cuando hubiese dormido hasta el día siguiente, se encontraría bien del todo. Su madre se empeñó en acostarlo ella misma, pero cuando salió de su habitación, Georges saltó de la cama para dar una vuelta a la cerradura, pretextando que se encerraba para que no fueran a molestarle, y gritó: «Buenas noches; hasta mañana, mamaíta» con una voz animosa, prometiendo dormir de un tirón. No se volvió a acostar. Con rostro despejado y viva la mirada, se vistió de nuevo, sin hacer ruido, y luego esperó, inmóvil en una silla. Cuando llamaron a cenar, espió al conde Muffat, que se dirigía hacia el salón. Diez minutos más tarde, seguro de no ser visto, se deslizó sigilosamente por la ventana, ayudándose con la cañería de desagüe; su dormitorio, situado en el primer piso, daba a la trasera de la casa. Se arrojó sobre un macizo, salió del parque y atravesó varios campos corriendo, por el lado de la Choue, con el estómago vacío y el corazón saltándole de emoción. Anochecía y una ligera lluvia empezaba a caer.