Nana
Nana Al levantarse de la mesa, aun riñó a la condesa Sabine por haberse hecho desear tanto aquel año. Pero la condesa se defendió culpando del retraso a su marido; por dos veces, a punto de partir y con las maletas listas, había dado contraorden, disculpándose con negocios urgentes; luego se decidió repentinamente y cuando el viaje parecía olvidado. Entonces la anciana contó que Georges también le había anunciado su llegada en dos ocasiones, sin aparecer, y que hacía dos días cayó por las Fondettes, cuando ya no lo esperaba.
Acababan de bajar al jardín. Los dos hombres, a derecha e izquierda de las señoras, las escuchaban, encogidos de hombros y callados.
—No importa —dijo la señora Hugon besando los cabellos rubios de su hijo—. Zizí ha sido muy amable viniendo a encerrarse en el campo con su madre… Este buen Zizí no me olvida nunca.