Nana
Nana —Bah, mamá… El jardinero hablaba sin conocimiento de causa. Hace un momento el cochero me dijo lo contrario, que no esperan a nadie en la Mignotte hasta pasado mañana.
Trataba de que le viesen natural, y por el rabillo del ojo miraba qué efecto hacían sus palabras en el conde, quien continuaba dando vueltas a su cucharilla, como tranquilizado. La condesa, con la mirada perdida en el fondo verdoso del parque, parecía no ocuparse de la conversación, siguiendo con la sombra de una sonrisa un pensamiento secreto que se despertó en ella súbitamente; Estelle, mientras, tiesa en su silla, había escuchado lo que decían de Nana sin que un rasgo de su blanco rostro de virgen se inmutase.
—Dios mío —murmuró después de un silencio la señora Hugon, a la vez que recobraba su bondad, es una equivocación enfadarse—. Es preciso que viva todo el mundo. Si nos encontramos con esa señora en el camino, no nos desviaremos para evitar saludarla.