Nana
Nana Georges, al oír a su madre abordar aquel tema, metió la nariz en su taza, pero la levantó y miró al conde, asombrado de su respuesta. ¿Por qué mentía tan descaradamente? Por su parte, el conde, percibiendo el movimiento del joven, le miró con desconfianza. La señora Hugon continuaba dando detalles: la finca se llamaba la Mignotte; había que remontar la Choue hasta Gumières para atravesar un puente, lo que alargaba el camino en dos buenos kilómetros; de otra manera, había que mojarse los pies y se corría el riesgo de un chapuzón.
—¿Y cómo se llama la actriz? —preguntó la condesa.
—Me lo dijeron —murmuró la anciana—. Georges, tú estabas allí aquella mañana, cuando el jardinero nos habló…
Georges fingió que hacía memoria. Muffat esperaba haciendo girar una cucharilla entre los dedos. Entonces la condesa, dirigiéndose a él, comentó:
—Ese Steiner, ¿no andaba con esa cantante del Varietés, esa Nana?
—Nana, eso es; ¡una sinvergüenza! —gritó la señora Hugon enfadándose.
Y se la espera en la Mignotte. Yo lo sé todo por el jardinero, ¿no es cierto, Georges? El jardinero decía que se la esperaba esta tarde.
El conde experimentó un ligero estremecimiento de sorpresa. Pero Georges respondía con vivacidad: