Nana

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—Espero a otros invitados —continuó ella—, y esto estará más animado. Primeramente, dos señores a quienes ha invitado Georges, el señor Fauchery y el señor Daguenet; los conocen, ¿verdad? Luego el señor de Vandeuvres, que me promete visita desde hace cinco años, y tal vez este año se decida.

—Vaya por Dios —exclamó la condesa riendo—; si no tenemos más que al señor de Vandeuvres… Está tan ocupado…

—¿Y Philippe? —preguntó Muffat.

—Philippe ya pidió la licencia —respondió la anciana señora—, pero sin duda ustedes ya no estarán en las Fondettes cuando llegue.

Se servía el café. La conversación había recaído sobre París, y se pronunció el nombre de Steiner. Este nombre arrancó un pequeño grito a la señora Hugon.

—A propósito —dijo ella— ese señor Steiner es aquel grueso señor que encontré una noche en su casa, un banquero, ¿no es así? ¡Vaya sinvergüenza! ¿Pues no compró una propiedad para una actriz a una legua de aquí, por allá abajo, en la Choue, al lado de Gumières? Toda la región está escandalizada…

¿Sabía usted eso, amigo mío?

—Ni idea —respondió Muffat—. Entonces, ¿Steiner ha comprado una finca en los alrededores?


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