Nana
Nana Se habÃan sentado en el amplio comedor, cuyas ventanas daban al parque. Pero sólo ocupaban un extremo de la gran mesa, apretados para estar más juntos. Sabine, muy alegre, evocaba sus recuerdos de juventud, que acababan de despertarse: los meses pasados en las Fondettes, los largos paseos, una caÃda en un estanque una tarde de verano, una vieja novela de caballerÃa descubierta en un armario y leÃda en invierno, ante el fuego de sarmientos. Y Georges, que no habÃa vuelto a ver a la condesa desde hacÃa unos meses, la encontraba más animada, con cierto cambio en el rostro, mientras la larguirucha Estelle, por el contrario, parecÃa todavÃa más apagada, más muda y más torpe.
Como se comÃan huevos pasados por agua y chuletas, la señora Hugon, hacendosa mujer de su casa, se lamentó diciendo que los carniceros estaban imposibles, pues lo compraba todo en Orleáns y nunca le enviaban los trozos que ella pedÃa. Por otro lado, si sus huéspedes comÃan mal, era culpa de ellos, por llegar cuando ya estaba muy adelantada la temporada.
—Esto no tiene sentido común —decÃa ella—. Les esperaba desde el mes de junio, y estamos a mediados de setiembre… Ahora no es muy bonito.
Con un gesto señalaba los árboles del prado, que empezaban a amarillear. El cielo estaba cubierto, y un vaho azulado anegaba el horizonte en una dulce y melancólica tranquilidad.