Nana

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Una tarde en que el conde Muffat, a quien resistía sabiamente, le suplicaba en su casa, sacudido por estremecimientos, que premiase sus ansias, le prometió que le complacería, pero en la finca, y a él también le señaló el día quince. Sin embargo, el doce se apoderó de ella la necesidad de marcharse en seguida, sola con Zoé. Tal vez Bordenave, prevenido, encontraría algún medio para retenerla, y le entusiasmaba plantarle allí, enviándole un certificado de su médico. Cuando la idea de llegar la primera a la Mignotte y vivir dos días sola, sin que nadie lo supiese, se le metió en la cabeza, no hizo más que apremiar a Zoé para que hiciese las maletas, la metió en un coche de alquiler, donde muy enternecida le pidió perdón y la abrazó. Fue en la cantina de la estación cuando decidió advertir a Steiner con una carta, en la que le rogaba que esperase un par de días para ir a reunirse con ella si quería encontrarla bien fresca. Y entusiasmada con otro proyecto, escribió una segunda carta en la que suplicaba a su tía que le llevase inmediatamente a Louiset. Aquello le sentaría tan bien a su pequeñín… ¡Y cómo se divertirían los dos bajo los árboles! Desde París a Orleáns, en el vagón, no hizo más que hablar de ello con los ojos húmedos, mezclando las flores, los pájaros y a su hijo en una crisis súbita de maternidad.



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