Nana
Nana La Mignotte estaba a más de tres leguas. Nana perdió una hora en alquilar un carruaje, una gran calesa destartalada, que rodaba lentamente con un ruido de chatarra. En seguida se apoderó del cochero, un vejete taciturno al que acosaba a preguntas. ¿Había pasado muchas veces por delante de la Mignotte? Entonces, ¿estaba detrás de aquel ribazo? Aquello debía de estar poblado de árboles, ¿verdad que sí? Y la casa, ¿se veía desde lejos? El viejecito sólo respondía con gruñidos. En la calesa, Nana bailaba de impaciencia, pero Zoé, enfadada por haber salido de París tan precipitadamente, permanecía tiesa y malhumorada. Como el caballo se detuvo de repente, Nana creyó que habían llegado. Asomó la cabeza por la ventanilla y preguntó:
—¿Qué? ¿Ya estamos?
Por toda respuesta, el cochero pegó un latigazo al caballo, que subió pesadamente una cuesta. Nana contemplaba con entusiasmo la llanura inmensa bajo el cielo gris, en el que se amontonaban grandes nubes.
—¡Oh…! Mira esto, Zoé; fíjate qué hierba. ¿Es trigo todo esto? ¡Dios mío, qué precioso!
—Ya se ve que la señora no es del campo —acabó por decir la criada con desdén—. Me harté de ver campo cuando estuve en casa del dentista, que tenía una finca en Bougival… Hace frío esta tarde. Aquí hay mucha humedad.