Nana

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El coche se había detenido ante la verja. Se abrió una puertecita, y el jardinero, alto y seco, apareció con la gorra en la mano. Nana quiso revestirse de toda su dignidad, porque el cochero ya empezaba a reírse para sus adentros con los labios cerrados. Se contuvo para no correr, escuchó al jardinero, muy locuaz entonces, quien rogaba a la señora que disculpase el desorden, pues no había recibido la carta de la señora hasta aquella misma mañana; no obstante, Nana logró salir del barro, y andaba con tanta prisa que Zoé no podía seguirla. Al final de la alameda se detuvo un instante para envolver la casa con una mirada. Se trataba de un gran pabellón de estilo italiano, al lado del cual había otra construcción más pequeña, que un inglés rico, después de dos años de estancia en Nápoles, mandó levantar, y después no le gustó.

—Se la enseñaré a la señora —dijo el jardinero.







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