Nana
Nana Pero ella ya se había adelantado y le gritaba que no se molestase, que ella recorrería, que así le agradaba más. Y sin quitarse el sombrero, fue de una estancia a otra, llamando a Zoé, haciéndole reflexiones de extremo a extremo de los pasillos, y llenando de gritos y de sus risas el vacío de aquella mansión deshabitada desde hacía varios meses. Primeramente el vestíbulo, un poco húmedo, pero aquello no tenía importancia, pues allí no se dormía. Muy elegante el salón, con sus ventanas abiertas sobre un prado; sólo el mobiliario rojo resultaba espantoso, pero lo cambiaría. En cuanto al comedor, ¡vaya comedor! ¡Qué fiestas daría en París si dispusiese de un comedor tan grande!
Cuando subía el primer piso, se acordó de que no había visto la cocina, y volvió a bajar lanzando exclamaciones, y Zoé tuvo que maravillarse ante la belleza del fregadero y la anchura del hogar, en el que se podría asar un cordero entero.