Nana

Nana

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Cuando volvió a subir, se quedó entusiasmadísima con su dormitorio, una habitación que un tapicero de Orleáns había decorado en cretona Luis XVI, de un rosa suave. ¡Qué bien! Allí debía de dormirse estupendamente. Un verdadero lecho de pensionada. A continuación había cuatro o cinco habitaciones para invitados, además de unas magníficas buhardillas, muy apropiadas para las maletas. Zoé, gruñendo, echando una ojeada fría a cada cuarto, se rezagaba detrás de Nana, y vio cómo desaparecía por una escalera empinada, la de los desvanes. Gracias. Ella no tenía deseos de romperse una pierna.

Pero llegó a sus oídos una voz lejana, como soplada por un tubo de chimenea:

—¡Zoé, Zoé! ¿Dónde estás? ¡Sube! ¡Oh, no puedes darte idea! ¡Es fantástico!

Zoé subió gruñendo. Encontró a la señora en el tejado, apoyada en la barandilla de ladrillos, contemplando el valle que se extendía a lo lejos. El horizonte era inmenso, pero unos vapores grises lo empañaban y el vendaval arrojaba finas gotas de lluvia. Nana tenía que sujetarse el sombrero con las dos manos para que no se lo arrebatara el viento, mientras sus faldas flotaban con crujidos de bandera.

—¡Ah, no! ¡Qué ocurrencia! —dijo Zoé apartando en seguida la cabeza—. Va a volar la señora… ¡Qué tiempo más perro!


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