Nana
Nana La señora no la oía. Con la cabeza inclinada observaba la propiedad que se extendía a sus pies. Había unos siete u ocho acres de terreno protegido por una tapia. Entonces la vista del huerto la entusiasmó. Luego empujó a la doncella en la escalera, tartamudeando:
—¡Está lleno de coles…! Coles así de grandes. Y de lechugas, de acederas, de cebollas…, ¡de todo! Ven pronto.
La lluvia arreciaba. Nana abrió su sombrilla de seda blanca y corrió por las alamedas.
—¡La señora cogerá un resfriado! —gritaba Zoé permaneciendo tranquila bajo la marquesina del pórtico.
Pero la señora quería ver. A cada nuevo descubrimiento lanzaba sus exclamaciones.
—¡Zoé, espinacas! ¡Pero ven aquí! Alcachofas. Qué graciosas. ¿Florecen las alcachofas? Mira, ¿qué es esto de aquí? No conozco esto… Ven, Zoé; tú debes de conocerlo.