Nana
Nana La doncella no se movía. Su señora tenía que estar chiflada. Ahora el agua caía a torrentes; la sombrilla de seda blanca ya estaba negra y no cubría a la señora, cuyo vestido chorreaba. Pero esto no la molestaba casi. Visitaba, bajo el diluvio, el huerto y los frutales, deteniéndose ante cada árbol e inclinándose sobre cada planta de legumbres. Luego corrió a echar una mirada al fondo del pozo, levantó una tabla para mirar lo que había debajo, y se absorbió en la contemplación de una calabaza. Sentía necesidad de recorrer todas las alamedas, de tomar posesión inmediata de cosas que soñaba en otros tiempos, cuando arrastraba sus zuecos de obrera por el empedrado de París.
La lluvia arreciaba más, pero Nana no la sentía; sólo lamentaba que el día fuese tan corto. Ya no se veía bien, y tenía que tocar con los dedos para darse cuenta. De repente, en el crepúsculo, distinguió fresas. Entonces estalló su infantilidad:
—¡Fresas, fresas! Las hay, las huelo… ¡Zoé, trae un plato! Ven a coger fresas.
Y Nana, que estaba acurrucada en el barro, abandonó su sombrilla, recibiendo el agua a chorros. Cogía las fresas con las manos empapadas, entre las hojas. Zoé no traía el plato. Cuando Nana se incorporó, sintió miedo. Le pareció haber visto deslizarse una sombra.
—¡Una fiera! —exclamó.