Nana
Nana Pero el estupor la dejó clavada en medio del caminillo. Era un hombre, al que reconoció en seguida.
—¡Cómo! Es Bebé. ¿Qué haces aquí, Bebé?
—Toma, pues he venido.
Nana estaba aturdida.
—¿Sabías mi llegada por el jardinero? ¡Pero este chiquillo…! Si está chorreando.
—Te diré: la lluvia me ha sorprendido por el camino. Y no he querido subir hasta Gumières, y al atravesar la Choue he caído en un maldito charco.
De repente Nana se olvidó de las fresas. Temblaba y estaba conmovida. ¡El pobre Zizí en un charco! Se lo llevó a la casa hablando de encender un gran fuego.
—Sabes —murmuró él deteniéndose en la sombra—, me ocultaba porque tenía miedo de que me riñeses como en París, cuando voy a verte sin que me esperes.
Ella se echó a reír, sin responder, y le dio un beso en la frente. Hasta entonces lo había tratado como a un chiquillo, no tomando en serio sus declaraciones, divirtiéndose con él como con un hombrecito sin consecuencias.