Nana
Nana Hubo mucho trabajo para instalarle. Ella quiso que se encendiese fuego en su habitación, pues allí estarían mejor. La presencia de Georges no sorprendió a Zoé, que ya estaba acostumbrada a toda clase de encuentros. Pero el jardinero, que subía la leña, se quedó parado al ver a aquel señor chorreando, seguro de no haberle abierto la puerta. Nana lo despachó; no tenían necesidad de él. Una lámpara iluminaba la estancia y el fuego llameaba, aumentando la claridad.
—No se secará y va a coger un catarro —dijo Nana viendo a Georges tiritando.
¡Y ni un pantalón de hombre! Estaba a punto de llamar al jardinero cuando tuvo una ocurrencia. Zoé, que deshacía las maletas en el cuarto de aseo, traía a la señora ropa para cambiarse: una camisa, enaguas, un peinador.
—¡Muy bien! —exclamó Nana—. Zizí puede ponerse esto, ¿no te desagradará lo mío? Cuando tus ropas estén secas, te las pondrás y te irás en seguida, para que no te riña tu mamá… Anda, date prisa, que yo también voy a cambiarme en el tocador. —Cuando diez minutos después reapareció en salto de cama, juntó las manos con arrobamiento.
—¡Oh, qué guapo estás vestido de mujercita!