Nana
Nana Georges se había puesto una camisa de dormir, un pantalón bordado y el peinador, un largo peinador de batista con encajes. Parecía una muchacha, con sus dos brazos desnudos de joven rubio, sus cabellos leonados todavía húmedos y cayéndole sobre el cuello.
—Si es tan delgado como yo —dijo Nana cogiéndole de la cintura—. Zoé, ven a ver cómo le sienta esto… ¡Si parece hecho para él! Aparte de la pechera, que es demasiado ancha… No tiene tanto como yo, este pobre Zizí.
—Estoy seguro que de… de eso me falta un poco —murmuró Georges sonriendo.
Los tres bromearon. Nana le abrochó el peinador de arriba abajo, para que estuviese decente. Le daba vueltas como a una muñeca, y golpecitos, y hacía ahuecar la falda por detrás. Y le preguntaba si se encontraba bien, si estaba caliente. ¡Pues claro que sí! ¡Muy bien! Nada más cálido que una camisa de mujer si pudiese, siempre la llevaría. Se movía dentro de ella feliz con la suavidad de la tela, con el abandono que olía, y donde creía encontrar un poco de la vida tibia de Nana.
Mientras, Zoé bajó las ropas mojadas a la cocina para que se secasen lo más pronto posible ante el fuego de sarmientos. Entonces Georges, estirado en un sillón, se atrevió a preguntar:
—Dime, ¿tú no cenas esta noche…? Me muero de hambre. No he cenado.