Nana

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Nana se enfadó. Vaya una tontería, escaparse de casa de mamá con el estómago vacío, y para ir a caer en un charco. Pero ella también tenía el estómago en los talones. ¡Claro que había que comer! Sólo que comerían lo que pudiesen. Y se improvisó, sobre un velador acercado al fuego, la cena más divertida. Zoé corrió a casa del jardinero, que había preparado una sopa de coles, para el caso de que la señora no cenase en Orleáns antes de llegar, y la señora se había olvidado de decirle en la carta lo que debía preparar.

Afortunadamente la bodega estaba bien surtida. Comieron, pues, una sopa de coles con un trozo de tocino; luego, revolviendo en una bolsa, Nana encontró un montón de provisiones que se había llevado por precaución: un pastelillo de nata, un paquete de caramelos y naranjas. Comieron como ogros, con un apetito de veinte años, como camaradas bien avenidos. Nana le decía a Georges: «¡Querida mía!» lo que le parecía más familiar y cariñoso. De postre, para no importunar a Zoé, vaciaron con la misma cuchara, cada uno a su vez, un tarro de confitura que hallaron en un armario.

—Querida mía —dijo Nana retirando el velador—, hace diez años que no cenaba tan bien.


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