Nana
Nana No obstante, se hacía tarde y quería despachar al pequeño por miedo a que le reprendieran. Él repetía que tenía tiempo. Además, las ropas no se secaban, y Zoé anunció que aún tenía para una hora, y como se dormía de pie, cansada del viaje, Nana le dijo que se acostase. Entonces se quedaron solos en la silenciosa casa.
Aquélla fue una velada muy dulce. El fuego era ya brasa, se ahogaban un poco en la gran habitación azul, donde Zoé había hecho la cama antes de subir. Nana, debido al excesivo calor, se levantó para abrir un instante la ventana, y exclamó al mirar afuera:
—¡Dios mío, qué hermoso! Mira, querido.