Nana
Nana Georges acudió, y como si la barra de apoyo le pareciese demasiado corta, cogió a Nana por la cintura y apoyó su cabeza en el hombro de ella. El tiempo había cambiado bruscamente, y un cielo puro se entreabría a la vez que una luna redonda iluminaba el campo con un manto dorado. Era una paz soberana, un ensanchamiento del valle abriéndose sobre la inmensidad de la llanura, donde los árboles formaban islotes de sombra en el inmóvil lago de claridad. Y Nana, enternecida, se sentía pequeña, niña otra vez. Había soñado en noches como aquella en una época de su vida que ya no recordaba. Todo lo que le sucedía desde que bajó del carruaje, aquella campiña tan grande, aquellas hierbas que olían tan fuerte, aquella casa, aquellas legumbres, todo la trastornaba hasta parecerle que había abandonado París hacía veinte años. Su existencia de ayer estaba lejana… Sentía cosas que antes ignoraba.
Georges, no obstante, le daba en el cuello besitos cariñosos, lo que aumentaba su turbación. Con mano temblorosa, ella lo rechazaba como a un niño que cansa con sus ternuras, y repetía que debía marcharse. Él no decía que no, sino que se iría en seguida.
Luego un pajarillo cantó y calló al momento. Era un petirrojo, posado en un sauce, bajo la ventana.
—Espera —dijo Georges— la lámpara le asusta; voy a apagarla.