Nana
Nana Y cuando volvió a cogerla de la cintura, añadió:
—La encenderemos dentro de un rato.
Entonces, escuchando al petirrojo, mientras el muchacho la estrechaba, Nana se acordó… Sí, era en las novelas donde había visto todo aquello. En otros tiempos hubiese dado el corazón por tener una luna semejante, y petirrojos, y un hombrecito enamorado. ¡Dios mío! Habría llorado, de tan hermoso y agradable que le parecía esto. Seguro que ella había nacido para vivir decentemente. Rechazaba a Georges, que se enardecía.
—No; déjame, no quiero… Sería una infamia a tu edad… Escucha, seré tu otra mamá.
Sentía pudor. Estaba hecha una grana. No obstante, nadie podía verla; la habitación se oscurecía en torno a ellos, mientras el campo desarrollaba el silencio y la inmovilidad de su soledad. Jamás había sentido ella semejante vergüenza. Poco a poco se sentía sin fuerzas, pese a sus escrúpulos y sus negativas. Aquel disfraz, aquella camisa de mujer y aquel peinador, aún la hacían reír… Era como una amiga que la cosquillease.
—¡Oh, no…! No debe ser, no puede ser —balbuceó después de un último esfuerzo.
Y cayó como una virgen en los brazos de aquel adolescente, frente a la hermosa noche. La casa dormía.