Nana

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Cuando al día siguiente sonó la campanilla para el almuerzo en las Fondettes, la mesa del comedor ya no resultaba demasiado grande. Un primer coche había traído juntos a Fauchery y Daguenet, y tras ellos, en el tren siguiente, acababa de llegar el conde de Vandeuvres. Georges bajó el último, un poco pálido y los ojos apagados. Decía que estaba mucho mejor, pero que aún continuaba aturdido por la violencia de la crisis. La señora Hugon, que le miraba a los ojos con una sonrisa inquieta, removía sus cabellos mal peinados aquella mañana mientras él retrocedía, como fastidiado por semejante caricia. En la mesa, ella bromeó afectuosamente con Vandeuvres, diciendo que le esperaba desde hacía cinco años.

—En fin, ya está aquí… ¿Cómo lo ha hecho?

Vandeuvres siguió el tono jocoso y contó que había perdido un dineral jugando la víspera en el círculo. Entonces salió de París con la idea de desquitarse en provincias.

—Seguro que sí, si encontrase una heredera por esta región. Aquí debe de haber mujeres deliciosas.

La anciana señora agradecía también a Daguenet y a Fauchery que hubiesen aceptado la invitación de su hijo, cuando tuvo la mayor sorpresa al ver que llegaba el marqués de Chouard en un tercer carruaje.


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