Nana

Nana

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—Vaya —exclamó—, es un día de citas. Se han dado el santo y seña… ¿Qué sucede? Hace años que no he podido reunirlos, y ahora caen todos a la vez… ¡Oh! no me quejo.

Se añadió un cubierto. Fauchery estaba al lado de la condesa Sabine, quien le sorprendía con su viva jovialidad después de haberla visto tan lánguida en el severo salón de la calle Miromesnil. Daguenet, sentado a la izquierda de Estelle, parecía muy inquieto ante la proximidad de aquella muchacha alta y muda, cuyos codos puntiagudos le eran desagradables. Muffat y Chouard habían cambiado una mirada socarrona, mientras Vandeuvres proseguía con la broma de su próximo matrimonio.

—A propósito de señoras —dijo la señora Hugon— tengo una nueva vecina que ustedes deben de conocer.

Y nombró a Nana. Vandeuvres fingió el más completo asombro.

—¿Cómo? ¿La propiedad de Nana está cerca de aquí?

Fauchery y Daguenet también expresaron su sorpresa. El marqués de Chouard comía una pechuga de ave sin que pareciese comprender nada. Ninguno de los hombres sonrió.

—Sin duda —prosiguió la anciana señora— esa persona llegó ayer tarde a la Mignotte, como les decía. Lo he sabido esta mañana por el jardinero.


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