Nana
Nana De repente aquellos señores no parecieron ocultar su auténtica sorpresa. Todos levantaron la cabeza. ¿Cómo? ¿Había llegado Nana? Pero si ellos no la esperaban hasta el día siguiente, y creían adelantarse a ella.
Sólo Georges permaneció con las cejas bajas, mirando su vaso, pareciendo dormir con los ojos abiertos, y vagamente risueño.
—¿Sigues encontrándote mal, mi Zizí? —le preguntó su madre, que no le quitaba ojo.
Se estremeció y sonrojándose le respondió que estaba bien; aún conservaba esa fisonomía lánguida y no saciada de muchacha que ha bailado mucho.
—¿Qué tienes en el cuello? —le preguntó la señora Hugon asustada—. Lo tienes encarnado.
Se turbó y balbuceó. No lo sabía, no tenía nada en el cuello. Luego, subiéndose el cuello de la camisa, recordó:
—Ah, sí… Es una picadura de mosquito.