Nana
Nana El marqués de Chouard habÃa mirado de soslayo la encarnadura. Muffat también miró a Georges. Al terminar el almuerzo, proyectaron una excursión. Fauchery estaba cada vez más conmovido por las risas de la condesa Sabine. Cuando le pasaba una fuente de frutas, sus manos se rozaron, y ella le miró un segundo de una manera tan fija que de nuevo pensó en aquella confidencia recibida en una velada de borrachos. Luego, no era la misma; algo se acusaba más en ella, y su vestido de seda gris, flojo en los hombros, ponÃa un abandono en su elegancia fina y nerviosa.
Al levantarse de la mesa, Daguenet se quedó atrás con Fauchery para bromear crudamente acerca de Estelle, «una bonita escoba para echarla en manos de un hombre». No obstante, se quedó serio cuando el periodista le dijo cuál era su dote: cuatrocientos mil francos.
—¿Y la madre? —preguntó Fauchery—. Muy elegante.
—Ésa, lo que ella quiera. Pero no hay nada que hacer, amigo.
—Bah… Quién sabe. HabrÃa que verlo.