Nana
Nana Ese día no se podía salir, pues seguía lloviendo a cántaros. Georges se apresuró a desaparecer, encerrándose con doble vuelta de llave en su habitación. Los demás señores evitaron darse mutuas explicaciones, aun cuando ninguno de ellos se engañaba acerca de los motivos que los reunían allí. Vandeuvres, muy maltratado por el juego, había tenido realmente la idea de ponerse a cubierto, y contaba con la vecindad de una amiga para no aburrirse demasiado.
Fauchery, aprovechando las vacaciones que le daba Rose, muy ocupada entonces, se proponía intentar una segunda crónica con Nana en el caso de que la campiña los enterneciese a los dos. Daguenet, que estaba ofendido desde lo de Steiner, pensaba reanudar su trato y recoger algunas dulzuras si se presentaba la ocasión. En cuanto al marqués de Chouard, esperaba su hora. Pero entre todos aquellos señores que siguieron las huellas de Venus, aún mal lavado su colorete, Muffat era el más enardecido, el más atormentado por sus nuevas sensaciones de deseo, de miedo y de cólera.
Él tenía una promesa formal: Nana le esperaba. ¿Por qué, pues, había partido ella dos días antes? Decidió presentarse aquella misma noche, después de cenar, en la Mignotte.