Nana
Nana Al anochecer, cuando el conde salía del parque, Georges se escapó detrás de él. Le dejó seguir la carretera de Gumières, atravesó la Choue, y cayó en casa de Nana, jadeante, furioso y con los ojos llenos de lágrimas.
¡Ah! Ahora lo comprendía bien; aquel viejo que estaba en camino acudía a una cita. Nana, estupefacta por aquella escena de celos, conmovida al ver el giro que tomaban las cosas, lo cogió en sus brazos y lo consoló como mejor pudo. Pues no, él se equivocaba; ella no esperaba a nadie, y si aquel señor se presentaba, no era culpa suya. ¡Qué tonto este Zizí tomándose un disgusto por nada! Por la salud de su hijo juraba que no amaba más que a su Georges. Y lo besaba enjugando sus lágrimas.
—Escucha, vas a ver como todo es para ti —repuso Nana cuando estuvo más tranquilo—. Steiner ha llegado, está arriba. A ése, querido mío, sabes que no puedo echarlo a la calle.
—Sí, ya sé; no hablo de ése —murmuró el muchacho.
—Pues bien, le he destinado la habitación del fondo, diciéndole que estoy enferma. Está deshaciendo su maleta… Como nadie te ha visto, sube a esconderte en mi dormitorio y espérame.