Nana

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Georges le saltó al cuello. Así pues, era cierto: ella le amaba un poco. Entonces, ¿como ayer? Apagarían la lámpara y permanecerían en la oscuridad hasta que amaneciese. Luego, ante el sonido de la campanilla, escapó con ligereza. Arriba, en la habitación, se quitó inmediatamente los zapatos para no hacer ruido; después se tendió en el suelo, detrás de una cortina, esperando con paciencia.

Nana recibió al conde Muffat, aún conmovida y presa de cierta turbación. Le había hecho una promesa y hasta le habría gustado cumplir su palabra, porque aquel hombre le parecía serio. Pero la verdad, ¿quién podría prever las historias de la víspera? Aquel viaje, aquella casa que no conocía, aquel muchacho que llegaba mojado… ¡Y qué hermoso le había parecido todo! ¡Sería estupendo continuarlo! Tanto peor para el conde. Desde hacía tres meses le mantenía a raya, jugando a la mujer decente para enardecerlo más. Pues que continuase esperando, que se fuera si aquello no le convenía. Renunciaría a todo antes que engañar a su Georges.





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