Nana
Nana El conde se habÃa sentado con el aire ceremonioso de un vecino de campo en visita. Sólo las manos le temblaban. En aquella naturaleza sanguÃnea, virgen hasta entonces, el deseo, azotado por la sabÃa táctica de Nana, le producÃa terribles trastornos. Aquel hombre tan serio, aquel chambelán que atravesaba con paso digno los salones de las TullerÃas, mordÃa por las noches su almohada y sollozaba desesperado, evocando siempre la misma imagen sensual. Pero esa vez estaba dispuesto a concluir. Durante el camino, en la gran paz del crepúsculo, habÃa imaginado brutalidades. E inmediatamente, tras las primeras palabras, quiso coger a Nana con las dos manos.
—No, no; sea prudente —dijo ella con sencillez y sonriendo sin enfadarse.
La volvió a coger, apretados los dientes, y como ella se debatiese, fue grosero y le recordó crudamente que venÃa para acostarse con ella. Nana, sin dejar de sonreÃr, le sujetaba las manos y le tuteó para suavizar la negativa.
—Vamos, querido; estáte tranquilo… La verdad es que no puedo. Steiner está arriba.
Pero él estaba como loco. Nana jamás habÃa visto a un hombre en estado semejante. El miedo se apoderaba de ella; le puso los dedos en la boca para ahogar sus gritos, y, bajando la voz, le suplicó que se callase, que la dejara.