Nana

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Steiner bajaba. ¡Aquello era estúpido! Cuando Steiner apareció, oyó a Nana, cómodamente instalada en su sillón, que decía:

—Yo adoro la campiña…

Volvió la cabeza, interrumpiéndose.

—Querido, es el conde Muffat, que ha visto la luz mientras se paseaba y quiso entrar a saludarnos.

Los dos hombres se estrecharon la mano. Muffat permaneció un instante sin hablar, la cara oculta en la sombra. Steiner parecía de mal humor. Se habló de París; los negocios no marchaban, en la Bolsa hubo grandes bajas… Al cabo de un cuarto de hora el conde se despidió. Y como la joven señora lo acompañaba, le pidió, sin obtenerla, una cita para la noche siguiente. Steiner, casi inmediatamente, subió a acostarse, gruñendo contra las eternas indisposiciones de las muchachas. ¡Por fin había despachado a los dos viejos!

Cuando Nana pudo ir a reunirse con Georges, lo encontró detrás de la cortina, muy apacible. La habitación estaba a oscuras. Él la obligó a sentarse en el suelo, a su lado, y jugaron a revolcarse, deteniéndose, ahogando sus risas con sus besos, cuando daban contra un mueble con sus pies descalzos.

A lo lejos, por el camino de Gumières, el conde Muffat se iba lentamente, el sombrero en la mano, bañando su cabeza ardiente en el frescor y el silencio de la noche.


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