Nana

Nana

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Durante los días siguientes la vida fue adorable. Nana, en los brazos del jovencito, volvía a encontrar sus quince años. Bajo las caricias de aquella adolescencia, una flor de amor volvía a florecer en ella, entre la costumbre y el hastío del hombre. La sobrecogían sonrojos súbitos, una emoción que la dejaba estremecida, una necesidad de reír y de llorar, toda una virginidad inquieta, atravesada de deseos que la avergonzaban. Jamás había sentido nada semejante. El campo la inundaba de ternura. De pequeña había deseado mucho tiempo vivir en un prado, con una cabra, porque un día, en el declive de las fortificaciones, había visto una cabra que balaba sujeta a una estaca. Ahora, aquella propiedad, toda aquella tierra suya, la hinchaba de una emoción desbordante, al punto de que sus ambiciones se veían colmadas con exceso. Había vuelto a las sensaciones nuevas de una chiquilla, y por la noche, cuando aturdida por su jornada vivida al aire libre, embriagada por el aroma de las hojas, subía a reunirse con su Zizí, oculto detrás de la cortina, aquello le parecía la escapada de una colegiala en vacaciones, un amor con un primo con quien debía casarse, temblando al menor ruido, temiendo que sus padres los oyesen, saboreando los titubeos deliciosos y las voluptuosidades espantosas de una primera falta.



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