Nana
Nana Miraba el palco de proscenio de la derecha, donde Caroline y Lucy estaban sentadas. Detrás de ellas se veÃa el respetable rostro de la madre de Caroline y el perfil de un gallardo joven, rubio e irreprochablemente vestido.
—¿Los ves? —repetÃa Héctor con insistencia—; hay un señor.
Fauchery dirigió sus gemelos hacia el palco, pero en seguida los apartó.
—Bah, es Labordette —murmuró con indiferencia, como si la presencia de tal personaje fuese lo más natural del mundo y sin importancia.
Detrás gritaron pidiendo silencio y tuvieron que callar. Ahora la inmovilidad atenazaba a toda la sala y filas de cabezas erguidas y atentas se escalonaban desde el patio de butacas al anfiteatro.